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Cuando uno tiene un niño no se da cuenta de que ese Ser es un instrumento que el cielo envía a la familia para que se haga responsable de su educación.

Pero la educación no es solo darle comida y obligarle a estudiar materias que muchas veces no sirven para nada sino enseñarle cómo desenvolverse ante la vida y sobre todo estudiar cuál es su postura frente al mundo a medida que crece y va percibiendo su realidad.

No es fácil educar a los niños y darles lo que piden, algo nuevo que no hayan vivido los adultos como su propia experiencia. La mente infantil necesita un estímulo coherente, carente de fuerzas adversas que le obligan a pensar como sus antepasados que no resolvieron sus asuntos, y si lo hicieron, es porque estaban listos para cambiar el plano del horizonte y ascender para darle al niño su visión de una vida más amplia, sin obstáculos ni cortapisas que sería lo suyo y sin bloqueos que surgen de las mentes obsoletas que por miedo no se atrevieron a encender sus mechas para prender fuego a los residuos del pasado que no fulguran con luz brillante sino apagada.